Historia

LA VENDIMIA

Fueron los romanos quienes introdujeron el viñedo y el vino en nuestra comarca: cuando llegaron a estas tierras hallaron una especie de cerveza que los indígenas hacían de trigo fermentado, a la que llamaron caelia. Tras su paso por la Ribera, los fieles de Baco dejaron visibles muestras de la cultura del vino en estatuas, mosaicos, ánforas e incluso sepulcros. Fue el Cristianismo el propulsor de la vid, la planta que aportaría el vino del Sacrificio y del vigor. Comenzó así una gran expansión que podemos traducir con un solo ejemplo: ya en 937, veinticinco años después de la repoblación de Roa, se mencionan las viñas del pequeño monasterio de San Andrés de Boada, in urbe Rauda.

Pero fue el 17 de marzo de 1295 cuando vamos a hallar en nuestra villa de Roa las más antiguas ordenanzas sobre la vendimia en la Ribera, dadas por la reina Doña Violante, viuda de Alfonso X el Sabio:

“[…] Otrosi, oviemos por bien mandar en rason de la vendimia, que ninguno non vendimien en los pagos de la Viella nin de las Aldeas fasta que el Conceio acuerde de lo deromper e lo que fuere fuera de pago que lo pueda vendimiar cada uno quando se quisiere dello su pro. Et los tres Miercoles, que suelen facer para vendimiar antes que se rompa, que los haian ansi, como lo siempre usaron: e sia lguno de los pobres ovieren menester de socorrer dello, e ovieren ommes que vayan al Conceio a mostrargelo, que fagan gracia, e gelas degen vendimiar, e tomar dellas quanto quisieren para facer dello su pro.
[…] Otosi, tengo por bien, e mando, que después que todas las vinnas fuesen vendimiadas de la viella, e de las Aldeas, cada uno en la suia, e que las non prendan, nin les fagan mal ninguno por ello, e si en las de la dicha Viella pacieren, que les pechen aquella penna que siempre usaron.”

Es decir, el Concejo determinará el comienzo de la vendimia  en función de las circunstancias y en aras de una mejor calidad del vino producido, dispensando, a su vez, al pobre que necesite disponer de su cosecha con urgencia. Ni más ni menos que como aún se usaba en el siglo XIX.

Durante esos siete siglos que median hasta nuestros días, podría hacerse un análisis de múltiples factores relativos al viñedo que no pueden ser resumidos en poco espacio: superficies cultivadas (huelga decir que la uva se cogía desde Manvirgo a los Centenales, desde Valera hasta el Carril), calidades de la tierra, precios de los palos y las labores que requería el majuelo, desde su plantación hasta la vendimia, alegre desde el comienzo -atentas las mozas si no querían padecer la broma del lagarillo- hasta que concluía con la moraga, la merienda que el amo daba a los obreros. Aunque, ciertamente en demasiadas ocasiones, la lluvia inoportuna que dejaba a uno “cochao” y las consiguientes prisas, nerviosismo y por supuesto, voces, hicieron de la época de vendimias sinónimo proverbial de pasarlo… mal.
 

LA ELABORACIÓN DEL VINO Y SU MERCADO

“… un sujeto avecindado en la villa de Roa […] pasó el año de mil setecientos setenta y seis a echar una porción de mosto en una tinaja estrecha de boca, y habiendo hecho en ella la fermentación regular, le salió un vino de mucha más fuerza y vigor que los demás que tuvo de su cosecha; y trasegándolo o mudándolo al tiempo acostumbrado, lo conservó muy cerca de dos años.”

(Lopérraez: Descripción Histórica del Obispado de Osma, 1788)

Sería muy largo de expresar todos los pequeños detalles y grandes funciones que ha realizado el vino. Antes era parte esencial de la economía diaria y si la villa poseía cierto dinamismo era debido al comercio del vino. Hoy, víspera de Semana Santa, quiero señalar simplemente que en las cofradías era la mayor fuente de ingresos, era la limosna reglamentaria que el mayordomo pedía “en las pilas de los lagares” a los hermanos llegada la vendimia; los hombres solían dar media cántara y las mujeres una cuartilla (la cuarta parte). Incluso podía ser aceptado como un modo de pago en los entierros a los que asistía la cofradía. En gastos y obras se recurría al repartimento, con la consiguiente aportación; vino cocido para lavar las heridas de los hermanos que se disciplinaban la noche del Jueves Santo; por supuesto el vino no podía faltar en las colaciones; del dinero del vino algunas veces se compró un toro para festejar la Cruz de Septiembre. Ocasionalmente, en fin, los que quería llevar las insignias de la Cruz pagaban en vino.

El precio del vino varió mucho dependiendo de la cosecha: baste decir que en 1671 se vendió la cántara a 3 reales y al año siguiente, a 10 y que esto podía suponer una variación del 30-60 % en el cargo o cuenta de ingresos de una cofradía. Cien años después los precios seguían fluctuando en parecidos términos. Pero no todo era ganancia: había renta de lagar, pellejo y bodega, lavar con agua caliente y dar sebo a las cubas, gastos por hez y rehenchir las cubas al mermar el vino durante la fermentación, etc. También podría hablarse de la sisa del vino, especie de impuesto o gravamen coyuntural que se empleó muchas veces para la realización de determinadas obras públicas

La cofradía del Corpus, del estado de hijosdalgo (noble), poseía la taza o Correduría del Vino, según privilegio concedido por Carlos V en 1556. Tenían facultad de nombrar persona para intervenir en las compraventas de vinos de la población y utilizar sus beneficios para el culto del Santísimo Sacramento.

Finalmente, a título anecdótico digamos que en el terrible incendio que padeció la población el 2 y 3 de junio de 1840 se quemaron 44 cubas llenas, valor que se incluye en los casi 5.850.000 reales en que se evaluaron las pérdidas, aunque nunca sabremos el valor histórico de lo que se perdió. En nuestras manos está el deber de cuidar el patrimonio heredado, lo cual no debe estar reñido con sonreírnos hoy al imaginar aquellas festivas y típicas fuentes de vino a caño suelto…

LAGARES Y BODEGAS

La capacidad de un lagar se medía en carros, sabiendo que cada uno de estos solía considerarse de 40 cántaras. Dado que una cántara de mosto requería 2 arrobas de uva (23 Kg) y que un cesto pesaba 10 arrobas, esto se traducía en un carro de 8 cestos. Grandes lagares que llegasen y sobrepasasen los 100 carros fueron los de los Tercios de la Colegial, el Cortijo, el de don Gregorio de la Fuente o el de Beltrán, aunque el mayor de todos fue el de la familia Vaca y Borja, en su casa palacio, el Hospitalón, que si en 1752 tenía 100 carros, últimamente llegó a los 140 carros de cabida.

Los cestos eran pesados por el fiador al llegar al lagar. Se pisaba la uva y se amontonaba para ser prensada por un castillo de tablones haciendo bajar la viga de olmo por medio del husillo y ayudada por el peso del pilón de piedra. Mientras, se procedía a los cinco repartos de mosto, conforme a su variable calidad durante el proceso.

Según vamos trasegando el mosto del lagar a la bodega, antes de hablar de estas, nombremos los envases del vino y su cabida. En primer lugar, cómo no, la cuba: si bien las había y hay de diferentes formatos, se tomaba como norma dividir la longitud de la futura cuba en veintiuna partes, siendo el diámetro central de dieciocho y de dieciséis el de los fondos. El número de duelas o tablas que la formaban debía ser par. A principios del XVIII las cubas tenían capacidad de 35 a 280 cántaras, medidas de cinco en cinco, siendo las más frecuentes las de 145 y 150; la mitad de ellas tenían entre 120 y 150 y dos terceras partes entre 100 y 150. Con el paso del tiempo se fueron haciendo cubas más grandes, a la vez que se iban ampliando las bodegas, como veremos. En todo caso, el vasto, la cuba de más capacidad, seguiría presidiendo la bodega.

Las cubas eran llenadas por los tiradores con pellejos de piel de cabra, de tres cántaras. Medidas que cobraban protagonismo una vez elaborado el vino eran la propia cántara (16,133 litros), la cuartilla (1/4 de cántara: 4 litros), el azumbre (media cuartilla), el cuartillo (1/4 azumbre: medio litro) y la copa (1/4 cuartillo). Estas medidas se completaban con sus respectivas mitades.

Una característica inicial de las bodegas de Roa fue su pequeño tamaño y su gran número. Sucesivas ampliaciones las conectaron entre sí hasta tomar la forma que hoy tienen: sabemos que a principios del siglo XVIII había en Roa 103 bodegas, aunque la tercera parte de ellas solo tenía un sitio de cuba y más de las dos terceras partes, de uno a tres sitios. Las más grandes eran las de Juan de Martín (8 sitios) y las de Andrés de Burgos y Matías Asturiano, ambas con nueve. Pues bien, en la primera mitad de ese siglo se ampliaron muchas de ellas y así, en 1752, cuando el Marqués de Ensenada ordene su famoso y completo Catastro, veremos que la mayor propietaria de la villa era la testamentaría de doña Mª Teresa Ladrón de Guevara, que en la calle de las Armas –Empecinado- tuvo casa con dos lagares, de 50 y 80 carros y la bodega, de 60 varas de larga y tres de ancha (50 x 2,5 m), ya contaba con 16 sitios. Y, en fin, en los últimos tiempos había varias que sobrepasaban los veinte sitios.
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¿Por qué huyen los recuerdos de los lagares de nombres decimonónicos tan castizos como el de los Moscones, la Peseta, los Fiadores, las Listonas o el Tinte?… pero, ¿y las bodegas? ¿dar al ingrato olvido oficinas como la Garabata, el Indiano, la Zarandadora, la Morisa, la Mea, Calabacillas, Zampagallos, la Cachicana, la Atarazana, la Parva, el Tío Periquete… tras tantos servicios prestados? ¿ignorar las viejas historias que se contaban en torno a los famosos y a su vez tan misteriosos túneles que salían al Duero y a la Cruz de San Pelayo?

No, no podemos ni debemos olvidar, sino conocer y dar a conocer.

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